jueves, 12 de enero de 2012

LA VIDA DE JESÚS

Yo soy Chuchi y voy a contarles como, a espaldas de mi padre, conseguí entrar en la sociedad del matadero comarcal que tenía muchas probabilidades de triunfar, sólo necesitaba una buena gestión, que fue lo único que no tuvo. Ninguna intención había de que la tuviera y lo sabían nuestros viejo.

Como les decía, yo tenía cinco mil pesetas ahorradas y lo que la empresa necesitaba para admitirte como socio eran diez mil. Yo sabía que mi amigo Miguel, que tenía una zapatería en el País Vasco, estaría encantado de prestármelas, pero yo no confiaba tanto en él como mi madre, aunque tampoco había razón aparente para no fiarme, ya que durante años, cuando venía de vacaciones, comía más de mi casa que de la suya.
Mi padre tampoco confiaba mucho en él, pero no había razón para negarle a mi madre la ilusión que le hacía su llegada cada verano y aveces en Navidad.

Al fin, mientras yo comentaba con unos y con otros que mi padre estaba equivocado, pero que si él había decidido quedarse fuera, yo no podía hacer ya nada porque el título era suyo, la ganadería también y yo no podía verlo tan enfadado.

en esos días apareció "mi amigo" que era muy aficionado a la caza, y ni siquiera hizo falta pedirle las cinco mil pesetas que me faltaban. Yo le dije que bajo ningún concepto se podía enterar mi padre y que recibiría por sus cinco mil pesetas mucho más. A lo que respondió que de eso estaba seguro él. Ya podía seguir soñando con mi participación en la mejor empresa que hubiera tenido la comarca en el tiempo más propicio para ello. Poco duró el sueño. Al parecer las diez mil pesetas de cada socio no habían sido suficientes para poner en marcha el negocio de sabe Dios quién y no tardaron en inventar que se necesitaban doscientas mil. Yo esperaba que mi padre no se enterara y de lo que no se enteró nunca fue de mi estupidez, pero eso me costó estar pagando por ello mientras vivió. Aquel amigo no tuvo ningún reparo en hacerme saber que aquel secreto valía dinero. No sólo pagué y callé, sino que tuve que ir poco a poco convenciendo a mi padre de que Miguel era un gran amigo. Lo más doloroso no fue perder dinero y sueño, fue entrar en esa esquizofrenia obligada de disimular un afecto que me hacía crecer el asco interior, hasta que murió mi padre, y yo en aquel momento que esperaba verle entrar por la puerta para perdonarle cuando me diera el abrazo que necesitaba en ese momento, pues se encontraba en el pueblo y mi padre murió de repente. Fui tan sorprendido como el resto del pueblo que pensó que habría tenido que marcharse por alguna urgencia y que no le habría dado tiempo a enterarse. Eso hasta yo lo pensé en un primer momento, pero pronto fui dándome cuenta lo bajo que puede llegar a caer el alma humana por la estupidez, o no sé qué pecado capital.

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