lunes, 12 de diciembre de 2016

DEL XX AL XXI

En un arroyo que baja por un risco, un alemán hace unas pequeñas presas y con ese agua, y supongo que unos generadores, iluminó el pueblo y los otros pueblos colindantes.
Don Oscar lo llamaban nuestros viejos. Era ateo, o agnóstico, no lo sé. Solo sé que cuando murió lo enterraron fuera del cementerio, o lo intentaron, en la entrada, fuera de la tierra santa, según los doctores de la iglesia.
Los que lo conocieron, lo recordaban con simpatía y admiración.
Unos pueblos que a pesar de la miseria y la ignorancia, se vio que también hubo vida inteligente.
Un reloj que tenía una gran campana con un mazo que daba por fuera las campanadas cada hora y las medias, no recuerdo si los cuartos. Las horas las repetía por si los interesados en contarlas se perdían, o no las habían oído. poca gente tenía reloj en sus casas.
El sonido de este reloj, podía oírse a más de cinco kilómetros, si el viento era favorable. Un gallo de veleta indicaba de donde venía el aire.
Una iglesia con dos puertas con sus piedras gastadas por el paso de pisadas de tantas generaciones.
Un teatro en la segunda planta del ayuntamiento, con bancos de madera, su gallinero y su escenario y bambalinas. Por una orilla subían y bajaban las pesas del reloj.
Hubo más obras que destacar, pero es suficiente saber que ahora obras inmensas de miles de millones llenas de goteras recién estrenadas, mientras estos pueblos solo aire sano, tierra, agua y sol.
Está claro que en lo más elemental no hemos progresado nada. Hemos retrocedido de manera escandalosa.
Y es que el mundo está drogao. Y así nada puede funcionar.
En el mundo mandan los contrabandistas, porque son los que mejor hacen las trampas.
Guerras, hambrunas, muros, violaciones, coacciones, torturas, esclavitud...
La felicidad, que es a lo que todo ser humano aspira, no se puede conseguir provocando estas situaciones, ni con paraísos artificiales. Esto lo sabe cualquiera que haya pasado los cincuenta años de vida, y gran parte de los que no han llegado.
Sin autenticidad, el mundo no puede funcionar.
¿Tiene que ser el poder divino el que arregle este caos?
¿Para echar a los mercaderes del templo habrá que derribar el templo?

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